Economía se estanca y urge reformas para evitar una crisis de largo plazo

El espejismo de la baja inflación en Bolivia, oculta una erosión interna de sus fundamentos económicos. Según el último reporte de la Cepal, la economía boliviana ha entrado en una fase de “crecimiento inercial” incapaz de absorber la alta informalidad o corregir el desbalance fiscal, lo que sitúa al país ante el desafío urgente de una reforma estructural para evitar que el estancamiento se convierta en una crisis de largo plazo.
Al finalizar la gestión 2025, la economía boliviana se anotó un crecimiento de apenas el 0,5%, una cifra que la sitúa a la zaga de Sudamérica y muy lejos del promedio regional del 2,4% proyectado por la Cepal. Si bien el país ha logrado esquivar —por ahora— la sombra de la recesión que castiga a otros vecinos, este avance marginal no es motivo de alivio: evidencia un agotamiento estructural que frena en seco la mejora de los salarios y la creación de empleos dignos.
La economía boliviana atraviesa un ciclo de “resistencia sin despegue”. Mientras los países vecinos apuestan por reformas estructurales para dinamizar sus mercados, Bolivia permanece anclada a un esquema de consumo interno y baja inversión privada; esta dependencia, sumada a una matriz exportadora concentrada casi exclusivamente en materias primas, dibuja un panorama de estabilidad frágil frente a un entorno global que exige mayor competitividad, explicó el economista Fernando Romero.
Según datos de la Cepal, la economía boliviana alcanzó un valor nominal de $us 55.000 millones durante la gestión 2025. Sin embargo, el PIB per cápita se situó en $us 4.300, manteniendo al país entre las economías más bajas de América Latina. Esta cifra representa menos de la mitad del promedio regional (10.000 dólares) y palidece frente al desempeño de Chile y Uruguay, cuyos niveles de ingreso triplican el registro nacional, subrayando el desafío de competitividad que enfrenta el país.
En opinión del economista, la falta de convergencia en los ingresos no es casualidad, sino una grieta en el modelo. Su diagnóstico es claro: “El motor actual es el gasto público y el consumo; mientras no apostemos por la productividad y la inversión, el crecimiento seguirá sin llegar al bolsillo de los ciudadanos”.
En el tablero económico, la inflación se erige como un oasis solitario: con una tasa del 3%, el país logra distanciarse del turbulento 8% que promedia la región. No obstante, este nivel inflacionario se sostiene sobre cimientos frágiles. Con un déficit fiscal que escala al 7% del PIB y una deuda pública asfixiante cercana al 80%, el Estado se enfrenta a un estrechamiento crítico de su espacio fiscal, comprometiendo seriamente su capacidad de respuesta ante futuras crisis.
En materia social, el informe revela una contradicción estructural en el mercado laboral boliviano: si bien el desempleo abierto se mantiene en niveles mínimos (inferior al 5%), la informalidad devora al 70% de la fuerza de trabajo. Esta realidad condena a la mayoría de los trabajadores a un ecosistema sin protección social ni estabilidad, donde la baja productividad actúa como un techo de cristal para el crecimiento de sus ingresos.
La radiografía social de la región revela una brecha alarmante; con un 36% de pobreza total y un 13% en condiciones extremas, el país no solo supera los promedios sudamericanos, sino que se estanca frente a sus vecinos. Esta precariedad se traduce en una realidad biológica y estatal: los ciudadanos viven menos años que el resto de la región, castigados por un gasto social per cápita que sigue sin alcanzar los estándares mínimos del Cono Sur.
Bolivia se estanca en la zona gris de la región. Según el último diagnóstico de la Cepal y el análisis del economista Romero, el país no atraviesa una crisis abierta, pero su avance es insuficiente. La receta actual muestra señales de agotamiento: una economía vulnerable, con escasa variedad de motores productivos y una dependencia excesiva de factores domésticos.
A pesar de la estabilidad de precios y el potencial de su fuerza laboral joven, Bolivia enfrenta una cuenta regresiva para resolver sus desequilibrios de fondo. Mientras la región se desacelera, el análisis advierte que la inacción no conducirá a un colapso puntual, sino a un escenario mucho más insidioso, una parálisis estructural de largo aliento. (El Diario)
