Francisco Shwortshik:: “Hay un déficit gigantesco de vivienda e infraestructura”


Cambio. Soboce atravesó la mayor crisis de su historia tras acumular pérdidas por más de $us 42 millones. Su CEO explica cómo la empresa definió una estrategia para sobrevivir en un mercado saturado


La paradoja parece difícil de explicar. Bolivia necesita carreteras, hospitales, escuelas, puentes y cerca de 800.000 viviendas. Sin embargo, la industria cementera opera con una capacidad instalada que supera ampliamente la demanda real del mercado. En medio de esa contradicción, Soboce acumuló pérdidas superiores a los 42 millones de dólares entre 2019 y 2022.

Francisco Shwortshik llegó a la compañía en uno de los momentos más complejos de su historia. Con experiencia en algunas de las mayores cementeras de América Latina, asumió el desafío de revertir una crisis que amenazaba la viabilidad del negocio. Tres años después, la empresa exhibe una realidad distinta: nuevos productos, una cultura corporativa renovada, inversiones en sostenibilidad y un retorno a la rentabilidad.

Francisco Shwortshik:: “Hay un déficit gigantesco de vivienda e infraestructura”
El CEO que guia a su empresa por el camino de la sostenibilidad

Cuando asumió la conducción de Soboce. ¿Qué tan crítica era la situación?

Era una situación extremadamente compleja. Cuando uno observa únicamente la cifra de pérdidas puede pensar que el problema era financiero, pero en realidad había una combinación de factores mucho más profunda. Teníamos una empresa que enfrentaba una transformación del mercado, una presión enorme sobre los precios y una economía que comenzaba a mostrar señales de deterioro.

Entre 2015 y 2020 se produjo una expansión muy fuerte de la capacidad instalada de la industria. Ingresaron nuevos competidores privados, aparecieron proyectos impulsados desde el Estado y la oferta terminó creciendo mucho más rápido que la demanda. Hoy la industria tiene capacidad para producir alrededor de nueve millones de toneladas de cemento al año, mientras el mercado consume cerca de cuatro millones. Esa diferencia genera una presión permanente.

Cuando tienes el doble de capacidad que demanda real, todos intentan vender más para cubrir sus costos. Eso provoca una caída de precios y reduce la rentabilidad de toda la industria.

Lo más complejo era que tampoco existía una salida simple. Exportar parecía una alternativa lógica, pero Bolivia enfrenta limitaciones logísticas importantes. Hay oportunidades hacia Paraguay, Argentina o el norte de Chile, pero todavía existe un déficit de infraestructura que encarece mucho esos procesos.

¿Cómo se construye una respuesta frente a un escenario de esa magnitud?

Lo primero fue asumir que no podíamos seguir haciendo las cosas de la misma manera. Había que cambiar la cultura, la forma de pensar y la manera en que la empresa se relacionaba con el mercado. Necesitábamos reinventarnos.

Impulsamos una transformación cultural profunda. Incorporamos nuevos perfiles ejecutivos, sumamos experiencia internacional en áreas específicas y lanzamos programas internos de innovación para involucrar a toda la organización en el proceso de cambio.

No fue un proceso sencillo. Siempre existen resistencias cuando se producen cambios profundos. Pero logramos alinear a la organización detrás de una visión común: convertir a Soboce en una empresa más innovadora, más sostenible y más cercana a las necesidades reales de los consumidores.

¿Por qué la sostenibilidad terminó convirtiéndose en el eje central de la estrategia?

Porque entendimos que la única forma de diferenciarnos era generar valor de una manera distinta. La industria cementera es una de las mayores emisoras de carbono del mundo. Eso significa que tenemos una responsabilidad enorme con el medio ambiente, pero también una oportunidad para innovar.

Decidimos transformar completamente nuestro portafolio de productos. Eliminamos soluciones tradicionales y desarrollamos cementos ecoeficientes con menor impacto ambiental. El principal ejemplo es Eco Premium Plus, que reduce aproximadamente un 30% la huella de carbono respecto a productos convencionales.

Los resultados fueron muy importantes. Hemos comercializado más de un millón de toneladas de estos productos y evitado la emisión de aproximadamente 250.000 toneladas de CO₂. Es un impacto ambiental enorme y demuestra que sostenibilidad y rentabilidad pueden avanzar juntas.

También entendimos que el cliente ya no busca solamente cemento. Busca resolver problemas. Por eso desarrollamos soluciones específicas, como el cemento ultra repelente al agua, pensado para combatir uno de los mayores desafíos constructivos de regiones como Santa Cruz: la humedad.

También impulsaron una nueva red comercial.

Correcto. Creamos ConstruRed para acercarnos más al consumidor final. Ya contamos con cerca de 900 puntos y la meta es convertirla en la principal plataforma de materiales de construcción del país.

La construcción suele ser considerada un termómetro económico. ¿Qué está indicando hoy ese termómetro?

Está mostrando una desaceleración importante. La construcción formal, especialmente la asociada a edificios y grandes proyectos de inversión, ha sufrido una caída significativa. Eso es consecuencia directa de la situación económica que atraviesa el país.

Sin embargo, Bolivia tiene una característica muy particular: la autoconstrucción. Miles de familias continúan ampliando sus viviendas, construyendo un segundo piso o levantando una casa por etapas. Ese fenómeno sostiene una parte muy importante de la demanda.

La caída del sector construcción supera el 15%, lo que es una cifra muy fuerte. Pero la autoconstrucción ha permitido amortiguar el impacto. Es una muestra de la resiliencia que tiene la población boliviana.

¿A pesar de ese escenario, usted mantiene una visión optimista sobre Bolivia. ¿Por qué?

Porque cuando uno mira más allá de la coyuntura encuentra oportunidades enormes. Bolivia tiene un déficit habitacional cercano a las 800.000 viviendas. Tiene carreteras por construir, hospitales por desarrollar, infraestructura educativa pendiente, proyectos energéticos, puentes, aeropuertos y una enorme necesidad de inversión.

Nosotros somos industriales. No somos inversionistas, golondrinas que llegan cuando las condiciones son favorables y se marchan cuando aparecen dificultades. Tenemos que mirar los próximos veinte o veinticinco años.

Por supuesto que existen desafíos importantes. La seguridad jurídica es uno de ellos. La estabilidad regulatoria también. La infraestructura logística necesita mejoras profundas. Y fenómenos como los bloqueos generan incertidumbre para quienes quieren invertir.

Pero cuando observo el país veo algo que muchas veces no aparece en los indicadores macroeconómicos. Veo talento. Veo capacidad emprendedora. Veo resiliencia. Veo personas que siguen creando negocios incluso en momentos difíciles.

Durante muchos años Bolivia vivió de los recursos generados por el gas, pero quedó pendiente una agenda de infraestructura y productividad mucho más ambiciosa. Ahí está el gran desafío de las próximas décadas.

Si el país logra avanzar en infraestructura, fortalecer la seguridad jurídica, mejorar su logística y aprovechar plenamente sus recursos naturales, el potencial es extraordinario. Está en el centro de Sudamérica, tiene riqueza natural, tiene capital humano y tiene capacidad emprendedora.

Por eso sigo siendo optimista. Y lo digo con total convicción: Bolivia tiene todo para convertirse en la Suiza de Sudamérica. Lo que falta es construir las condiciones para que ese potencial finalmente se transforme en realidad.

PERFIL
Francisco Javier Shwortshik Jegó es un ejecutivo chileno con cerca de 30 años de trayectoria en la industria del cemento y la construcción en América Latina. Con experiencia en compañías globales como Holcim y Argos, ha liderado operaciones en Chile, Colombia, Centroamérica y México.

Es MBA por la Universidad Adolfo Ibáñez y cuenta con formación ejecutiva en el IMD de Suiza. Desde 2023 dirige Soboce, donde impulsa una profunda transformación basada en innovación, sostenibilidad, eficiencia operativa, desarrollo de nuevos negocios y liderazgo empresarial de largo plazo. (El Deber)